sábado, 8 de marzo de 2008

La la la



A veces me pasa que cuando escucho una canción me es inevitable cantarla. Aunque sea en voz baja, sólo un pedacito. Cuando voy escuchando música con el celular mientras camino por la calle, debe ser muy gracioso mirarme porque me salen hasta caras de circunstancia, haciendo redobles o riffs en el aire. Tampoco puedo eludir ese meneo que se apodera de mi cuerpo al escuchar una samba, reggaeton o un poco de axé; mis caderas se escapan de control al vibrar los tambores... bailo por la calle, en las colectividades, en los festivales de danza, en cualquier lado. Si ya sé, debo parecer loca. Descubrí que en realidad lo que no puedo evitar es expresar libremente aquello que en verdad me gusta, que es parte de mi esencia. Me siento libre, no me importa que me estén mirando, en mi opinión no es hacer el ridículo cuando uno se apasiona. Y es más, veo que la gente suelta una sonrisa cuando me miran pavonearme alegremente, tarareando melodías, es un efecto contagioso. Mostrándome tal cual, así es como me siento bien. Y así debe ser todo el mundo con lo que más quiere y más le gusta. Sin importar que haya aguafiestas que lancen miradas “correctivas”, sin hacer caso a los que puedan decir “comportáte” o a los que pretenden silenciarte; quien frena estas inofensivas manifestaciones (aunque sea en su pensamiento) tiene el alma mufada. Ya lo dice una linda frase: baila como si nadie te estaría mirando, ama cada nueva vez como si nunca te habrían herido.

jueves, 28 de febrero de 2008

Por las noches sin dormir

El insomnio se apodera de mí esta noche. Qué mal para mis sueños que hoy no cobran vida, mal para mis oídos que no se hunden en la almohada a escuchar los mensajes de mi inconsciente. Pocas veces me pasa esto.
El calor es tan agobiante que ni la oscuridad de mi cuarto lo aplaca. Saboreo algo improvisado con lo que encuentro en la heladera frente a la PC y miro el wallpaper. Un gran corazón alado, que me recuerda a un libro de mi infancia, cuarteado, con efecto vitreaux de un lienzo cereza. Quebrado, con insinuación de vulnerabilidad cristalina, poco translúcido, más bien contundente. Hecho de pedazos de rojo carmesí suturados por una línea negra.
Algo habrá pasado ahí adentro que no me deja dormir. Empiezo la rutina y me alejo de este verano inusual de doble viaje y despedida, de mar y montaña, de dulzura y temor. Algunas cosas son buenas mientras duran, otras no. Mucho tiene que ver un final con un comienzo. Bostezo y sigo matando el tiempo que le quito a mis sueños, llegará un punto de cuenta regresiva. Este corazón, que saca sus alas y se declara viajero, me deja con sabor amargo (sin querer mirar por el balcón).
No, no es por un sol que se escondió hace tiempo. Es una estrella que se prendió una noche de noviembre y se alimentó del calor. Pero está tan lejana y perdida entre otras que sin querer la confundo. A veces no nos damos cuenta que soñamos despiertos, que somos felices, hasta que no lo tenemos. Pero bueno, por lo menos aprendí que a veces se puede perder y ganar al mismo tiempo.