jueves, 7 de enero de 2016

Ventana

Tengo un rincón en el alma donde guardo las mañanas de verano. Ésas que se empiezan bien temprano, cuando los autos no rugen aún por las calles. Mañanas de cada paso del estío: primero las perfumadas con tilo, luego las vestidas por flores de lapacho, y por enero las que me cantan suavecito una canción a trino de pájaro, para que me levante bailando. Mañanas que me abrazan con su brisa del sudeste, y acarician mis cabellos alborotados. Hoy la miro desde el sillón, con las ramas reverdecidas del árbol ya lleno de frutos como cuadro viviente. Y me cuenta lo que sueño -dormida y despierta- provocando sonrisas y sonrojo. Y añoranza, que con los rayos crecientes de sol se va olvidando.

Mañanas que ansío compartir con otro par de ojos...

¡Eh, muchacha, que la vida se te pasa! Me dijo una Noche de Verano, al calor de la leña encendida.

Si tan sólo se pasara despertándome cada día con frescas mañanas de verano...

martes, 31 de marzo de 2015

El ropero de pieles

Estoy convencida de que al mundo se viene para vivirlo en muchas pieles. Cada tanto, cuando cambian las estaciones, tomo decisiones dislacerantes para cambiar el pellejo y colgarlo por ahí. Algunos cueros se nos encarnan por el miedo o la costumbre, se cosen al alma con puntadas soberbias... y otros son tan delgados, que al menor suspiro nos dejan, sin más. No significa que han muerto; están por ahí, dormidos, esperando ese momento en que freno un cacho, y quiero probármelos otra vez -como cuando éramos chicos, y nos adentrábamos en el ropero de la abuela para disfrazarnos.
No sólo vinimos para mudar de pieles, sino para ir viendo con distintos ojos. Y guardar esas contemplaciones como cuadros en 4D, o en ensayos repentinos en noches de insomnio o meriendas atrasadas. Para mirar de manera cambiante, también, otras pieles y otros ojos, y no juzgar sino con el único motivo de saber que nada es permanente e inherente a una persona; es normal no reconocernos en las imágenes o las voces en esas películas vintage, o (dicotomía aparte) encontremos demasiadas repeticiones en las escenas de distintas épocas.
Estoy convencida de que somos multifacéticos, multi-experimentales, pluriamatorios e impermanentes. Que esas pieles son abrigo y apego hasta que se demuestra lo contrario, que dejarlas ir en los instantes en que el azar nos sorprende es no sólo necesario, sino placentero. Que también podemos reencontrarlas, un día, sin querer, sacándonos una sonrisa.

 Y eso es para mi la felicidad y la libertad.